domingo, 21 de febrero de 2010

Como siempre...


Había veces que te necesitaba,
Había otras que te quería
Había algunas veces que eras mi mejor amiga
Y otras tantas que solamente eras

Eras un mundo
El mío…
Renuncié a mis amigos
Fuiste mi única amiga
Mi amante
Renunciaste a los tuyos
Y fuimos nuestro universo

A veces solías llorar
Otras tantas gritar
Ofender
Reír
Amar
Odiarme
Pegarme
Insultarme
Entregarte
A veces me escuchabas
A veces hablabas
Y toda nuestra relación fue así...

A veces me perdí en tus manos
En tus piernas
A veces lamía tu vientre
A veces sólo acariciaba tu cabello
A veces te miraba
Y a veces tú también lo hacías.

En contadas ocasiones te dije te amo
Tú ninguna
A veces resumías todo con un beso
Y yo te abrazaba

A veces viajamos
Y a veces sólo éramos nosotros
A veces soñamos
Pero nunca planeamos.

Hubo veces que quería matarte
Tú lo hacías cada fin de semana
Había veces que quería te marcharas
Otras que nunca te fueras
Y sólo una vez no quisiste irte

A veces mi error fue hablarte
A veces tu error, fue estar
A veces mi error fue lucharte
A veces tu error fue dejarte…

El primer error fue acercarme
El segundo, fue dejarte
El tercero fue regresarte
El cuarto, fue de nuevo dejarte
El quinto fue extrañarte
El sexto, fue que ya no regresaste…

Mi error a veces era, que no eras un error.

A veces me odiaste
A veces cerrabas los ojos
A veces era de placer… otras de rencor

A veces pensaste que te era infiel
Otras pensabas que sólo era tuyo
A veces querías acercarte
Otras tantas huirme.

A veces salíamos con tu familia
A veces salíamos con la mía
A veces nos abrazábamos
A veces nos besábamos

A veces eras mi mejor amiga
A veces eras mi única amiga

A veces eras todo
A veces, quería que fueras nada
A veces fui nada
A veces fui todo

Sólo a veces estuvimos juntos
Y a veces… sólo a veces…
Estábamos separados;

A veces eras de mi familia,
A veces te protegía,
A veces te rogaba…
A veces, me perdonabas.

A veces eras mi gloria
Y mi última imagen al dormir
A veces eras mi perdición
Y el último lamento antes de sufrir

A veces te veo
A veces estás ya distante
A veces ya no sientes
A veces sólo te vas…

A veces te extraño
A veces me eres indiferente
A veces me buscas
A veces me olvidas

A veces me amaste
A veces me odiaste
A veces sigues con tu vida
A veces sigo la mía
A veces nos mordimos
A veces nos hicimos más daño
De lo que pudimos soportar

A veces, sólo querías que me fuera
A veces sólo quería verte nunca regresar…

Pero como siempre te fuiste
Y como nunca… nunca volverás.

jueves, 18 de febrero de 2010

La fotografía


¿Cómo lograr un verso tan exacto y perfecto para poder derretirte y te escurras a mí y llegues hasta aquí en forma de agua? ¿Cómo puedo sacarte de la fotografía que hoy me enviaste para que duermas conmigo, y antes de amanecer, te devuelva a ella con un beso? Quiero preguntarte: ¿qué pensarías de mí si cada día que pasa sólo quiero ir a ti para ser envenenado con una dosis de tus manos y tus piernas? ¿Qué pensarías si rechazo tu vacuna si intentaras librarte de mí sin antes estar conmigo?
Esta noche sólo puedo tener fotos tuyas, que a veces parecen fantasmas de la crónica que no ha sucedido… ¿qué me dirías si cansado de esto voy por ti para tragarme tu corazón a cambio de que tragues mi alma? ¿Qué dirías si te preguntara si quisieras venir para que nunca más lo veas y sea a mí a quien extrañas?
No me mal interpretes, no quiero que pienses que sufro por algo que aún no pasa, o que pasa de alguna forma en una realidad alterna donde cada noche eres mía, donde cada noche te recorro con mis dedos para conocer centímetro por centímetro tu piel de luna, esa piel que es más mía que tuya, pues sembré en ella algunas letras que les niegas germinar para ver la luz de día, para ver la luz de un orgasmo simultáneo que te persiga hasta la cumbre de tu vida… tu muerte, donde la última imagen que veas, sea mi rostro cansado de amarte.
Hoy llorabas su ausencia, pero, princesa, para qué llorar por la ausencia cuando tienes alguien presente dando vueltas por tu mente, mientras te persigo con mi pluma para grabarte letras en la espalda y morirte con un beso desgarrado de mis labios para que bebas de mí cada litro de sangre que pueda sanar tu alma.
Haz de mis hilos de sangre la tela para que puedas vestirte al ritmo del compás de mis palabras, donde lo último que quiero es no hacerte daño a cambio de que nuestra historia nunca finalice; así estarías impresa en cada texto escrito por estas manos que han perdido dirección, así tu memoria se verá sublimada cuando al pasar de los años alguien me lea y se enamore de ti por todo lo que tú y solamente tú has sido capaz de hacer sentir en un cuento narrado de toda la vida.
Si tan sólo pudiera incinerar tu pasado y devolverlo para que sea mi presente, no estarías arrastrando las manos a la cara por sentir distancias que son como llagas que se extienden por la piel, que son como manecillas que el reloj va lacerando con arrugas y marchitándonos, hoy quiero detenerte el tiempo para que luzcas siempre joven, en un cariño que pueda perpetuarse en paredes que aún no nos han visto cantar música de los años 50’s cuando Agustín Lara narraba, desde entonces, lo que puede ser nuestra vida compartida.
Te pido que nunca vengas a mí por consuelo, sino por amor, durante el amor cerraré cualquier cicatriz que pueda ver a través de tus ojos, pues estaré sumergido en ellos como demonio que queda atrapado en el espejo, suspendido en una fantasía bíblica de un exorcizo donde la única forma de salir, sea la de tu mano sobre mi boca a punto de besarme y hacerme estar dentro de las entrañas… donde pueda estar cerca de Dios, cerca de tu gloria. Enjuga esas lágrimas para que no pueda coleccionarlas y mezclarlas con todas las fotografías que me regalas para seguirte escribiendo. Mejor ven y átate a mi mano derecha para que comandes la dirección y destino de todas y cada una de mis cartas y te asegures de recibirlas, sólo a ti, que no cambien el curso para que vea siempre donde estarás recostada en el lugar donde te deje esperando hasta volver a encontrarnos.

Homenajeando a la primera musa


No sé aún si esto lo escribo por ser después del 14 de febrero; pero no quiero que permanezca esta parte de mi vida con indiferencia. Hace unos días, mi editora preguntó acerca del por qué escribía. Se hizo un nudo en la garganta, esa pregunta entró como un escopetazo en la cabeza que hizo a los recuerdos caer en cascada hasta el suelo. Sonreí, pues la primera gota en estrellarse contra la tierra, fue cuando te vi por primera vez: uniforme de la escuela, lentes, pants blanco y bufanda rosa; riendo, siempre riendo. De ahí, la siguiente imagen en mostrarse fue el momento en que comenzaste a tratarme. Dios era sólo un niño con muchos dulces que era asaltado en el momento que sonaba el timbre para finalizar el descanso. Tú, en complicidad con una mujer morena, delgada como ella sola, eran las autoras de este cruento crimen: dejar a este servidor sin más dulces, entre los que destacaban tambores, picositas, miguelitos en polvo y mazapanes. Inocente de tu parte, pues en el momento que esculcabas la cangurera de mi sudadera, también te llevaste el primer suspiro de amor; no lo entendía en aquél momento, es decir ¡era sólo un niño!
Me gana la risa tan sólo de acordarme verlas venir a mí con unas manos sedientas e inquietas por obtener uno, dos, tres de esos… dulces que con tanto candor esperaba disfrutar en clases a escondidas de los maestros y las monjas.
Así sucedieron los días, del momento en que te vi, al momento en que te aprovechaste por primera vez de mi inocencia, pasó un año; y pasó otro más de ahí a que me atreviera, siquiera, a hablarte a solas. Y vuelvo a la pregunta que me hizo mi editora: “¿por qué fue que comenzaste a escribir?” Cayó después de estas risibles imágenes, el momento en que atravesó una lágrima por mi alma. No me mal interpretes, no fue mi lágrima, fue la tuya. Era cambio de clase, tú venías de tomar inglés, yo salía de historia, y vi desde el barandal, que salías llorando por haber escuchado la canción del tema de “Titanic”. Yo, preocupado, pues la niña que me gustaba andaba envuelta en un mar de llanto y risa penosa y quizá cansada y agobiada de tantas preguntas que la hostigaban: “¿qué tienes?” Preguntaba cualquier persona que te veía así… y para no romper con la instantánea tradición de los demás, me acerqué para preguntarte lo mismo, a lo cual respondiste, con toda gentileza y sonriente: “nada, no te preocupes, voy a estar bien”. Claro, uno es niño, y por muy inocente que pareciera, pues tampoco se es idiota ¡claro sabía que algo te había afectado! Pero en vez de preguntarte incesante, me despedí de ti ese día en la tarde como si nada hubiera pasado, aunque tus ojos delataban que todo había pasado. Llegué a mi casa conmovido por verte así, y tras imaginar qué habías sentido con esa canción, y por qué, tras inventarme un montón de historias donde el final feliz era conmigo, llegó a mí, el sentimiento culpable de mi vocación. Saqué cuidadosamente el bolígrafo de mi mochila, el block esquela de un cajón, y con mano temblorosa, con dirección a la temible hoja en blanco, escribí la primera de mis líneas… al terminar, lo leí en voz alta mientras fantaseaba el hecho de leértela de frente mientras te provocaba darme un beso. Por supuesto eso no pasó, por el contrario, llegué a la escuela, temprano, y le pedí a un buen amigo que te la entregara; este me dijo: “apuntas muy alto ¿no? Pinche Set”. Sólo sonreí y le pedí, nervioso, que te la diera. Creo que lo más complicado de escribir es quitarse el miedo para ser leído, una vez superado eso, las líneas caen como al pasto el rocío. Efectivamente, fue la primera carta que te escribía, mas no la última. Pero cada vez que te mandaba una, huía mi respiración tan sólo de tenerte cerca; sigo diciendo ¡Dios, era un niño! Me sigo riendo de esa actitud que tomaba, que ni siquiera era inmadura, sólo inocente, sólo pura. Las indirectas que de pronto sucedían entre tú y mi amigo, mientras preguntabas: “cuándo lo voy a conocer”, y me veías, hacías sonrojarme y acobardarme como un perro espantado de una carnicería cuando lo corren.
El primer amor, precisamente por eso es inolvidable, porque es la primera experiencia de sentir a tus entrañas revolotear por todo el cuerpo, y el cuerpo entonces, se vuelve en un parque de diversiones.
Siguieron cayendo las gotas de sangre por la pregunta de mi editora, y la siguiente… fue cuando te iba a llegar. Ese día, llegué a la escuela cual guerrillero en el frente de Chiapas, apenas y podía caminar del miedo que me ponía a tropezar con mis propias pisadas. Esperé todo el santo día, y alguien se encargó de repartir la noticia de que ese día, era EL DÍA, en que terminaría mi cobardía para enfrentarte y esperar maravillado el segundo beso en mi vida. Toda la noche anterior ensayé frente a la cama, imaginándote sentada, yo de rodillas, la mejor actitud a tomar para llegarte y decir las palabras mágicas: “Abada Kadabra”; ay no, me equivoqué de historia; para llegarte y decir las palabras: ¿quieres ser mi novia? Tú, al escuchar esta noticia, en vez de esperar la salida para salir a mis brazos y acurrucarte en ellos, querías escapar de la forma más pronta y sigilosa que se pudiera realizar. Pero… no te dejaban ir, y yo sólo prolongaba este acto de valentía (el acercarme a ti) para llegarte, mientras me convencían de quitarme las medias y salir con la espada desenvainada dispuesta a enterrarla en el pecho… por supuesto, no me acerqué a ti, y cuando llegó tu madre en un carro gris (que años después fue tuyo) sólo volteaste a mí y sonreíste. Cerca estuve de hacer uno de los osos más gloriosos de mi vida, pues tú no querías un niño, tú querías un hombre. Cascadas de recuerdos se vertieron en el piso por una inocente pregunta de alguien mayor que yo.
Lo que siguió después, de varios intentos fallidos, de incluso hablarte sin miedo y reír contigo minutos antes de terminar el descanso, fue inaudito: la primera lágrima de amor que derramé, fue por ti; aunque después de un rato, tú lo único que deseabas era echarte a correr porque no sabías qué hacer con un niño chillón que te acosaba con preguntas dignas que sólo se le hacen a un primer amor. Pero en vez de portarte indiferente o alejarte, decidiste escribirme una carta esa noche, en ella pusiste la hora en que empezaste a escribirla (12:30 am) y consecuentemente un montón de apologías por no saber aquilatarme. Pero para esto, tuvo que pasar otro año, sí, finalizábamos la secundaria y hasta ese momento, los dos nos conocimos.
Lo demás es historia, aunque he de decirte que de una llamada, cuando regresaste de Canadá, nació el otro seudónimo que sólo uso para textos académicos de filosofía. Te platicaba acerca de mis excentricidades, como el caminar regularmente por la cornisa de la azotea de mi casa en la noche; acto al cual, dijiste con risa desmesurada: “¡eres un gatito!” Claro que si en mi seudónimo pongo “gatito” sería muy… incómodo, por así decirlo, pero fue la idea principal para Alley black cat.
Apenas ayer te vi, presenciaste mi segunda publicación literaria, y al verte, reina de fuego (apodo que te di mientras afiné mi pluma), el corazón palpitó como tambor africano listo para la guerra, pero para esto, pasaron seis años, y descubrirte toda una mujer me hizo la tarde, respondiendo con calidez a los pocos momentos de conversación. Hubo un momento que decía en mi mente: “tanto que platicarte y que me platiques…” Pero en vez de eso, no hubo mucha necesidad de hablar, sino sólo de tomarnos del brazo y saber que estamos ahí. Digo, después de todo, yo no me perdí tu boda, tú tampoco te perdiste de una de mis presentaciones, y estamos endeudados ahora de cafés y más momentos perdidos que bien los podemos acompañar con vino, cigarros, quesos, y tu agradable compañía para compartir lo que más tenemos en común: la risa, razón por la cual muchos querían vernos juntos, algunos otros, vernos revueltos, pero riendo, ahora que también soy un hombre.